domingo, 22 de septiembre de 2013

Rumbo al más allá

¿Qué quieres saber cómo continuó la historia? Pues espera que ahora te cuento. Estaba una en Manhattan, hecha unas castañuelas de tanta emoción, vamos en mi salsa -con el colodrillo al biés de tanto mirar parriba, pero en mi salsa-  cuando el muermo de  my father pilló el trole y con eso de que teníamos que ir a casa de su prima que nos esperaba a cenar, y que era una descortesía llegar tarde y que si esto y que si aquello... nos embutió a todos en el coche que había alquilado en el aeropuerto y puso rumbo al norte. Bueno, más bien rumbo a la calle 42, porque Ignacio I el Grande no andaba muy ducho en eso de virar y revirar por Manhattan, y cruzar tres calles le costó toda una eternidad. Mi abu, que andaba hecha fosfatina y con la pata izquierda renqueante de tanto subir y bajar por la Quinta Avenida, iba tan pichi: ¡Mira que gente más maja!, si hasta nos saludan al pasar! Joé, abu, estás sonotone total, le repliqué yo, saludarrrrrr.... lo que están es echando pestes de papá que conduce en plan tortuga. Y es que entender yo no entendía ni papa de lo que decían, pero tampoco hacía falta ser Obama para saber que cuando uno saca el puño por la ventanilla, babeante y con los ojos a punto de salirse de las órbitas, no te está diciendo bye bye. Los coches nos adelantaban por la derecha, por la izquierda... y hasta hubo un taxista que estuvo a puntito de pasar por encima de nusaltres. Vamos una pasada total. Mi padre sudaba, mia mamma cerraba los ojos y Nacho no decía ni mú. Yo empecé a ponerme de los nervios cuando vi como los rascacielos se quedaban atrás, allá a lo lejos. "Jopelines, venir a Nueva York para esto", empecé a rezongar yo para mis adentros, para mis afueras y para el mundo en general. "Es que hay que ser de lo que no hay", insistía una lanzándole miradas de fuego al driver, vamos a my father, pero el tipo no se inmutó.  Tres cuartos de hora después habíamos recorrido dos manzanas y  dos horas más tarde, trás atravesar dos docenas de bosques, llegamos a Ardsley. Allí vivía la tía Marina. Joé, no se podía ir a vivir un poquito más lejos, gruñía yo, cuando una regordeta sonriente, se abalanzó sobre mi y me machucó el body con un abrazo interminable. "Tú tienes que ser Marta, ¿a que sí?" No me dio tiempo ni de responder, porque tras ella corrían dos chuchos gigantescos, tres gatos, dos conejos y  un loro, y todos, toditos se lanzaron sobre mí. Andaba yo tirada por los suelos, con cuarto y mitad de chucho lamiéndome la oreja, cuando Nacho, my brother, vino en mi rescate. "Vamos, tía tú siempre dando la nota". Le miré con mis ojos de hielo, pero el tipo ni se congeló. La prima de mi padre había invitado a una barbacoa a media humanidad, aquello era un festejo de los de verdad. El jardín estaba atiborrado de people, incluído un bellezón rubio, con ojos casi transparentes y sonrisa Profiden. Sí, ya sé que tengo un novio de los de verdad....¿Y qué? Le sonréi, me sonrió, pero yo, que con lo del jet lag andaba más pallá que pacá, después de ponerme bombiza de salchichas, al final me quedé flácida cual lenguado, dormida en un butacón, bajo un arce gigantesco. ¿Que como lo sé? Joé, porque al día siguiente seguia allí, hecha un burruño y con Honey, uno de los chuchos de mi tia, ¿o mi abuela? o yo que sé,  tumbado encima de mí. "No, si pierdo de vista a mi chucha - hablo de Baby, of course- para que me rechupetee otra pulgosa"... es que... Andaba yo dándome la barrila, y rebuscando entre los arces, al rubito de la noche anterior, cuando a  lo lejos oí decir a Ignacio I: Y esta mañana todos al Metropolitan. ¿Cömmoooooo? ¿Quéee.....? Ahhhhhh. no... servidora no pensaba ir en metro nunca más.

Marta on the road

Nuevo capítulo: una de fauna total.

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