jueves, 12 de abril de 2012

Aquí la torre Galata, aquí Marta

Narices, cuando a los adultos se les mete en el colodrillo que hay que culturizarse, pues  eso, hay que culturizarse. Así que después de mi visita a Hagia Sophia, los muy.... de mis progenitores cumplieron su amenaza y a las 6 menos cuarto del día siguiente tocaron el clarín: Todos arriba, tenemos que ir a ver la Torre Gálata. Yo con los ojos todavía pegurrutiados por las legañas me quejé, joé, pero es que se va a derrumbar antes de las 10. ¿Pero que dice esta niña? me espetó la gurrumina de mia mamma, a la vez que de un tirón me quitaba el edredón en el que estaba medio rebozada. ¡Arriba, ya! Sí señor, a sus órdenes señor, asentí yo. Claro que antes de que consiguieran sacarme del hotel, y después de ponerme hasta el colodrillo de miel, yogures y valclavas,  servidora se agenció unos dodotis por aquello de no ir dando el cante. Así que perfectamente empaquetada y con un faldita diminuta, no pensaba volver a ponerme pantalones vistas las dificultades de manejo, nos dirigimos en troupe hacia  la madrugadora torre.  Claro que a Ignacio I el Grande se le ocurrió que ya que hacía tan buen día podíamos ir caminado. Joé, grité yo, pero si tenemos el tranvía aquí mismo. Pero si nos dejará justo en frente de la cochina torre, insistí. Pero sí....traté de meter baza de nuevo. Pero nadie me escuchó. Es que aquí nadie me hace caso, me quejé amargamente mientras corría para pillar a los Órtiz que habían seguido caminando como si tal cosa.  ¡Vaya familia de la merde!, me dije para mi misma. O eso creí yo, porque justo cuando terminaba la palabra merde, alguien me soltó un sopavirón en el mismísimo colodrillo. Gritaba yo un uyyyyyyyyy, bien sonoro,  mientras nos desplazábamos hacia el más allá a golpe de calcetín, cuando se nos cruzó en el camino la Mezquita Azul, que el día anterior no habíamos visto porque les pillamos en pleno rezo. Así que dale que te pego a la mezquita. Quitate las zapatillas, ponte velo, calzate unos calcetines guarris que mia mamma previsora llevaba en su mochila, para contemplar un techo gigantesco atiborrada de florecillas azulonas y una moqueta llena de orantes mirando a la Meca.  Jopé, pero aquí no hay mujeres susurré yo y mi padre, señalando unos cúbiculos que había el fondo me respondió:  es que las mujeres rezan aparte. ¡Pero eso es una DISCRIMI... empecé a largar. Pero la mano de Ignacio I, tapándome la boca impidió que siguiese parloteando y la  pobrecita NACIÓN se quedó medio estrangulado en mi gaznate. Miré a mi padre como miro a mi hermano, es decir con requeteodio, hasta que me quitó la mano de la boca. ¡Marta, aquí hay que comportarse y respetar sus costumbres!, me soltó mi progenitor mirándome con ojos de grulla. Así que me quedé muda a perpetuidad y en cuanto los muy muermos dieron la visita por finiquitada los Ortiz al completo continuamos nuestra ruta por el cercano Oriente. Caminamos y caminamos, y seguimos caminando y cuando yo ya tenía los pies hechos mixtos, mi hermano señaló un punto en el cielo. ¡Mirad, allí se ve la torre!
¡Y hasta allí tenemos que ir andando! grité yo. Pues sí, cruzamos un puente. Ascendimos mismamente el Kilimanjaro, paso más o paso menos, y cuando llegamos a los pies de la famosa torre con la lengua fuera y los pies en plan membrillo, nos encontramos ¡uy sorpresa! con una fila larguísima de japoneses y americanos con cámara en ristre. Voy a terminar con complejo de hormiga, espeté yo hasta los mismísimos de tener que esperar mil horas al sol. O de indiota, me soltó el lenguaraz de ese que dicen es mi hermano, haciendo una gracieta más bien tonta con eso de la fila india. Ni le contesté, miré hacia otro lado displicente justo en el momento en que la fila se movió a golpe de empujón y me vi enclaustrada en un ascensor diminuto que iba hacia las nubes. Papá, mamá, grité yo mientras ascendía a las alturas. Estaba sola, bueno acompañada por  un tipo bajito con  bigote, una señora enlutada con ropajes que le cubrían de pies a cabeza, tres mocosos que me miraban como a un bicho raro, dos japoneses tamaño llavero y un tipo gigantesco que hablaba un dauchen, cartofen, diguen... Creo que era alemán. Y así en grupo, me llevaron en volandas por unas escaleras estrechitas hasta lo alto de la torre, desde donde oh milagro, se veía medio Estambul. ¿Has visto que vista? le oí decir a alguien a mi espalda. Y cuando ya estaba a punto de soltar alguna pulla por una frase tan tonta, la voz volvió a martillear en mis tímpanos, ¿Has visto que vistaaaa? Jopelines, no podía ser cierto, allí estaba la pava de Patricia López. Intenté camuflarme cual columnata y desaparecer en el hiperespacio, pero justo en ese momento oí la voz de mi madre que gritaba a toda pastilla: ¡Uy Maarta, has visto a quien hemos visto...? Le miré con ojos de urraca, mientras murmuraba para mí misma... No, sí ya decía yo que estas dos mustías tenían algo en común.

Más news tomorrow. Te espero en el Gran Bazar. Adióoooooooooossssssss. Marta

1 comentario:

Andrea ;) dijo...

jajj... Venga hombre,aunque hayas encontrado por ahi a esa muerma de Lopez, aunque estes mas que harta de andar,aunque te hayan despachurrado y atropellado,seguro que lo has pasado genial! Un abrazo